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ientras discutimos acerca del compromiso ético del periodismo cuando todos vimos en nuestras pantallitas emisoras de radiación a “pachito” promulgando la innovación de mecanismos de represión para los estudiantes, haciendo gala de su innumerable cantidad de facetas profesionales: delfín, payaso, animador de radio y ahora la siquiatría clásica; y mientras vemos que el medio de comunicación más tradicional e importante de Colombia -El Tiempo- pasa a manos de cada vez más intereses comerciales, es decir que ahora casi la propiedad total pertenece al humilde microempresario Luis Carlos Sarmiento, yo me preparo a escribir sobre la última gala de los Premios Shock -y por gala no me refiero a J Balvin precisamente-.

 

Y dirán mis letrados y ansiosos de análisis periodísticos compatriotas colombianos “Qué estupidez hablar de eso cuando lo que necesitamos es apoyar a nuestra Reina Nacional de la Belleza en la próxima ceremonia de Miss Universo”... pero igual no creo que el tema esté tan desligado a todas estas discusiones trascendentales, en especial la del Reinado, ya que pues los premios de música giran alrededor, en alguna u otra forma, de la función de los medios y el periodismo en nuestra sociedad, es importante ganar premios y que esto sea difundido para obtener mayores ingresos económicos a través de la música, y pues el espectáculo ayuda a difuminar los criterios del público frente a la popularidad, básicamente.

Eso lo comenzamos a ver en la alfombra naranja en El Palacio de los Deportes cuando aparecen envueltos en un halo de falsa fama personajes de la farándula más colombiana de nuestro país al mismo tiempo que grandes músicos, todos marchando al unísono unidos por los flashes de las cámaras, teniendo en cuenta que entre mayor recordación mediática tengas mayor posibilidad de lucro... digo, de difundir tu arte lograrás.

Bueno, dentro del evento también pudimos apreciar una serie de contrastes interesantes, por un lado homenajes interesantes a músicos que sin lugar a dudas han sido un componente fundamental en la música colombiana, tales como lo que vimos en la presentación de la indudable revelación de la música colombiana: Los Monsieur Periné con el maestro Lizandro Mesa, el premio otorgado a los Sidestepper, que al verlos tocando en vivo me quedó muy claro que son unos pioneros en un estilo que le está dando muy buenos frutos a los nuevos músicos que le apuestan al rescate del folclor apoyándose en formatos actuales, además de darme cuenta que los extranjeros como Richard Blair nos han tenido que enseñar a revalorar y apreciar nuestro folclor, porque nosotros por nuestra cuenta no pudimos.

Otro momento muy emotivo fue el homenaje a Los Carrangueros de Ráquira, otros reales portadores del legado cultural y musical de nuestra gente del campo, que han sabido también explotar las estrategias de mercado de la música actual con su álbum sinfónico; pero qué satisfactorio es ver que esas estrategias no solo se pueden utilizar para vender porquerías sino para elevar en un pedestal nuestra tradición musical y en el momento de recibir su premio qué emoción por un lado sentir que la gente respeta y admira a estos genios “boyacos” y finalmente todas sus palabras de agradecimiento terminan siendo una pequeña cápsula de sabiduría en medio de tanto glamour insípido y farándula hueca.

Pero por otro lado qué agridulce es ver que dentro de la gran cantidad de premiaciones, tal vez los premios que le pueden interesar a un medio de música alternativa, independiente, rock, como quieran llamarlo, los premios que uno puede enmarcar en estas etiquetas queden en un nivel tan exageradamente secundario. Géneros como el “rock duro”, el hip hop, el reggae, el ska, la música electrónica, entre otros, todavía no logran recibir el reconocimiento que necesitan para generar una industria musical de mayor calidad y ver reflejado en la realidad el avance de propuestas que pierden un poco ese equilibrio que necesitan entre su talento y su capacidad de autogestión como empresas culturales viables; ya es hora que La Pestilencia, Alerta, Flaco Flow y Melanina, Crack Family y muchos de los que tuvieron sus nombres en algún lugar de esta ceremonia tengan el reconocimiento mediático que se merecen. Aunque no todo está perdido, a estos náufragos los podemos rescatar gracias a que este año se vieron los frutos de grandes músicos y grandes esfuerzos como los de Chocquibtown y Monsieur Periné, que merecidamente tuvieron su reconocimiento menos invisible que el de los demás.

Finalmente revisando las reflexiones de tal vez el único evento de premiación comercial de música en Colombia, queda claro que la industria de la música colombiana bajo las nuevas lógicas que mueven este mercado está avanzando bastante, ya que estos premios se parecen cada vez más a sus versiones internacionales, con aspectos que se pueden rescatar, pero lamentablemente para los que creemos ingenuamente que la música es una forma de arte, todavía con el compromiso comercial muy por encima de la calidad. Retomando que las lógicas de mercado de la música se han transformado gracias a los fenómenos de difusión de la Red, queda la esperanza de que esto pueda cambiar, aunque sea un poco y que esa balanza se incline hacia tratar de devolverle a la música su estatus de arte. RMS
 
 
 
 
 
 
 

 

 
 
 
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