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Sábado negroPor: Sebastián Rosas Santamaría. Tiempo aproximado de lectura 3m 35s Una gran mancha negra se apodera de la tarde sabatina capitalina, va llegando como por diversos ríos y desembocando en un mar verde, el parque Simón Bolívar. Atrás quedan al menos seis tanquetas de la policía listas a diluir la mancha de ser necesario.
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Mi primera impresión es que soy un punto blanco en medio de la gran mancha negra y así busco llegar a la entrada, un filtro que finalmente me lleva a mezclarme en la multitud. Adentro comienza a llenarse el escenario Plaza; metaleros, punks, hardcoreros y uno que otro calvo invaden el lugar mientras la banda Cromlech hace temblar el parque. Caras maquilladas de blanco, algunos ojos delineados, mucho pero mucho pelo largo, jean, cuero, mallas, seda, Reebok, botas negras, punteras, pantalones cortos camuflados, entubados, terciopelo y más negro hacen las delicias de miles de espectadores identificados con el mismo sentimiento musical. En el escenario Lago las cosas no son distintas, sólo cambia en que hay una pista natural de lodo y se siente un poco más el amor por el rock al permanecer con los pies enterrados en el barro durante horas y los tenis que alguna vez fueron blancos, ahora se vuelven cafés en nombre del querido rock & roll. Me sorprendió enormemente el darme cuenta que el público del sábado, esencialmente metalero, llenó casi en su totalidad los dos escenarios del parque, una gran represa de agua de color negro y comparándolo con el flujo de gente que se ve en los otros dos días del festival, vi claramente por qué los metaleros son un parche tan relevante en el país, el parche con el que se gestó inicialmente Rock al Parque, un parche de muchas historia, el parche que abrió la brecha para que otros géneros se animaran a ponerse las botas y luchar por sus proyectos. La metalera es una escena totalmente establecida en nuestro país y por eso es que aun pelean porque los organizadores vinculan otros géneros más pop al festival y yo digo que tampoco se trata de irse al extremo de querer acaparar la totalidad del evento porque hay que asimilar la cada vez mayor diversidad de géneros dentro del espectro musical local y mundial. Sin embargo es de admirar el nivel al que han llegado las bandas del genero en el país, los parches gestores que existen, los sellos, bares y sobretodo la gente que se renueva cada vez más y no dejan morir esta ruidosa escena. Si bien las generaciones pioneras ya está viejas y algunos se vuelven jartos con el tiempo, también aparecen nuevos adeptos, como un grupo de cinco niñitos de unos 13 años (que obviamente logran entrar y enrumbados) a quienes seguramente comienza a cambiarles su vocecita, pero ya les alcanza para gritar guturalmente y con sus pintas trash entran pisando duro al parque dejando su huella clavada en el blando barro del escenario. Fue así como transcurrió el primer día de la edición 16 de nuestro apreciado festival. Iba pensando en encontrar un evento más denso y problemático, pero no vi un solo disturbio, por el contrario, en medio de tremendos pogos, oscuridad y pantalones rotos, la gente va por la misma convirtiéndose en una comunidad y dando ejemplo de unidad y respeto. Un aplauso para los metaleros, se merecen tener el primer día sólo para ellos. Seguramente continuarán haciendo ruido dispersos por la ciudad, hasta que el año entrante regresen en bandada, peregrinándose a su templo para la celebración ritual donde juntos se sublevan y bailan y mueven desesperadamente sus cabezas para decir acá estamos y somos muchos y vamos a movernos hasta que el mundo se rompa en dos. A las 10 de la noche salí cansado del parque, con los pies empacados en barro, los ojos entreabiertos y los oídos entrecerrados, ya sin sentirme un punto blanco y satisfecho de ver tremenda energía por parte de las bandas y el público asistente al primer día de Rock al Parque. Camino hacia la treinta y pasan muchas tanquetas de policía que finalmente no fueron necesarias y ahora la mancha negra se dispersó, metiéndose por las venas de la ciudad como la peste. RMS
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